equivocado.
Mi madre resopló.
—Ahora resulta que todos somos monstruos.
—No, Patricia —respondió mi padre—. Yo soy responsable de lo que hice. No voy a seguir culpando a los demás por mis decisiones.
Era la primera vez que lo escuchaba enfrentarse a ella.
Durante toda mi infancia había sido un hombre respetado en el trabajo, capaz de dirigir equipos y negociar contratos complicados.
Sin embargo, dentro de nuestra casa prefería guardar silencio antes que contrariar a mi madre.
Y aquel silencio había destruido nuestra relación.
—Papá —pregunté—, ¿de verdad crees