última frase.
“Te fallé no porque ignorara lo que debía hacer, sino porque me faltó valor para hacerlo. Si pudiera recuperar un solo día de mi vida, elegiría estar presente cuando te casaste”.
Apreté la carta contra mi pecho.
Mi padre no estaba pidiendo dinero.
Por primera vez en catorce años, estaba reconociendo su responsabilidad.
Lo llamé dos días después.
Nos reunimos en una pequeña cafetería.
Fue incómodo al principio.
Pero aquella mañana no me preguntó cuánto valía nuestra empresa.
Quiso saber cómo había sido mi vida.
Le hablé de