y vender algunos bienes que ya no podían mantener.
Pero lo importante no eran sus problemas económicos.
Era lo que decía después.
“Gabriela, pasé catorce años convenciéndome de que había hecho lo correcto al respetar la decisión de tu madre. Ahora entiendo que no estaba respetando nada. Simplemente tenía miedo de enfrentarla”.
Seguí leyendo con lágrimas en los ojos.
“Vi cómo insultaba al hombre que amabas y no hice nada. Recibí la invitación de tu boda y quise asistir, pero elegí quedarme en casa para evitar una discusión”.
Había una