del servicio activo.
Caminaba con dificultad y algunos días necesitaba un bastón.
Lo conocí durante una comida organizada por compañeros militares.
Mientras otros hombres presumían sus vehículos o sus ascensos, Sergio estaba sentado junto a un adolescente, enseñándole pacientemente a reparar una bicicleta.
Me enamoré de su tranquilidad, de su sentido del humor y de aquella manera tan especial de hacer sentir importantes a las personas.
Seis meses después me pidió matrimonio con un anillo sencillo.
—No puedo prometerte una vida sin dificultades, Gaby —me dijo—. Pero sí que nunca