atrás, mis padres habían mirado a un soldado herido y visto una carga.
Yo había visto a un hombre digno de amar.
Y el tiempo me había demostrado que no me equivoqué.
Nuestra mayor riqueza nunca fueron los millones de pesos, la empresa o aquella casa de cinco recámaras.
Fue aprender a sostenernos cuando todo parecía derrumbarse, sin medir nuestro valor por el dinero ni por nuestras limitaciones.
También comprendí que perdonar no significa permitir que otros vuelvan a lastimarnos, y que una reconciliación verdadera comienza cuando alguien reconoce el