el embarazo trabajé hasta donde mi salud me lo permitió.
Acepté pequeños contratos de programación. Compartí oficina con otros emprendedores. Asistí a reuniones con inversores que me rechazaban apenas descubrían que estaba a punto de dar a luz.
Leo nació una madrugada lluviosa.
Pesó poco más de tres kilos.
Tenía el cabello oscuro y los ojos abiertos de par en par.
Cuando la enfermera lo colocó sobre mi pecho, lloré por primera vez desde el divorcio.
No porque echara de menos a Adrián.
Sino porque descubrí que podía amar a