alguien sin sentir miedo de perderme a mí misma.
Los primeros meses fueron difíciles.
Dormía a intervalos de dos horas.
Trabajaba mientras Leo descansaba.
A veces, cuando no conseguía encontrar un error en el código y el cansancio me hacía llorar, apoyaba la frente contra la cuna.
—Dame un poquito más de tiempo, cariño —susurraba—. Mamá está aprendiendo.
Mi amiga Elena, a quien conocía de la universidad, apareció en Singapur cuando Leo cumplió cuatro meses.
Trajo pañales, comida casera y una propuesta.
—Necesitas una socia —me dijo—. Y alguien que