con entusiasmo.
Adrián lo escuchó sin interrumpir.
Cuando mi hijo terminó, preguntó:
—¿Quieres dibujarme un día a Nube?
Leo se quedó pensando.
—Puede ser. Pero tienes que traer lápices verdes. Los míos se gastaron.
Adrián sonrió con los ojos brillantes.
—Traeré lápices verdes.
—Muchos —precisó Leo.
—Muchos.
Mi hijo tomó mi mano y se despidió.
—Adiós, Adrián.
—Adiós, Leo.
Adrián permaneció allí, inmóvil, mientras nos alejábamos.
Esta vez no intentó detenernos.
La señora Fu volvió a llamarme una semana después.
Había leído el artículo y, aparentemente, cambiado de opinión sobre