llamadas de un número desconocido.
No contesté.
Leí un cuento, apagué la luz y me senté junto a la ventana.
Desde el piso veintiséis, Shanghái parecía un océano de luces.
Tres años antes había salido de aquella ciudad con una maleta, un embarazo que apenas comenzaba y un miedo que me impedía respirar.
Recordaba perfectamente el primer día en Singapur.
Una habitación alquilada.
Una cama estrecha.
Un pequeño escritorio junto a una ventana que daba a un muro.
Había vendido algunas joyas que me regaló mi madre antes de morir