hijo.
—No voy a tener esta conversación aquí.
—¡Tengo derecho a saberlo!
Leo se sobresaltó.
Lo levanté en brazos.
—Y él tiene derecho a no escuchar a un desconocido gritándole a su madre.
Adrián se quedó helado.
Fue Clara quien rompió el silencio.
—Adrián, vámonos. Tu madre nos espera.
Él ni siquiera se volvió.
—Ve tú.
—¿Qué?
—He dicho que te vayas.
Por primera vez desde que los conocía, vi a Clara quedarse sin palabras.
Aquella noche, mientras acostaba a Leo en la habitación del hotel, mi teléfono recibió diecisiete