había sacrificado su tranquilidad.
Después miré por la ventana.
Robert estaba en el jardín.
Llevaba un sombrero ridículo que había comprado en un mercadillo y estaba discutiendo con un rosal que se resistía a crecer derecho.
Sonreí.
Mi marido estaba vivo.
Nuestra casa seguía siendo nuestra.
Y, por primera vez en muchos años, no tenía miedo de revisar la cuenta bancaria.
Cogí las hojas rotas y las llevé a la papelera.
En ese momento Robert entró con una rosa roja en la mano.
—Para ti, Grace.
—¿Qué celebramos?
Me miró