necesitaba entenderlo.
Lo importante era que estaba allí, frente a mí, disfrutando de una cena que nunca pensé que volveríamos a compartir.
Le serví otra cucharada de estofado.
—Come, Robert. Se te va a enfriar.
Él sonrió.
—¿Cuánto me vas a cobrar esta vez?
Tomé su mano sobre la mesa.
—A ti, nada.
—¿Y eso por qué?
—Porque tú nunca me pediste que dividiéramos nuestra vida en dos.
Robert entrelazó sus dedos con los míos.
Y entonces comprendí cuál había sido mi verdadera segunda oportunidad.
No había regresado para castigar