a mi hijo.
Ni para vengarme de mi nuera.
Había regresado para salvar al hombre que amaba y recuperar el derecho a vivir mi propia vida.
Durante años creí que una buena madre debía darlo todo por sus hijos.
Ahora sé que también debe enseñarlos a vivir sin quitarles todo a sus padres.
Y aquella noche, mientras Robert reía al otro lado de la mesa, supe que, por fin, había conseguido cambiar nuestro destino.