me enfadaba conmigo misma.
A veces despertaba pensando que debía preparar un uniforme.
O escuchaba una canción y recordaba nuestro primer apartamento.
No lo odiaba.
Eso habría sido más sencillo.
Solo había dejado de querer vivir para él.
Elias lo entendió sin que yo se lo explicara.
Una noche estábamos solos en el laboratorio.
—Tienes marido.
Levanté la vista.
—No.
—Tenías.
—¿Quién te dijo?
—Nadie.
—Entonces no hagas deducciones.
—Llevas dos años usando una cadena sin colgante.
Miré mi cuello.
La cadena permanecía por hábito.
Antes llevaba mi alianza allí