casa.
Daniel cargó personalmente su equipaje.
Yo estaba en la cocina.
Escuché a Vivian decir:
—Puedo dormir en un hotel.
Daniel respondió:
—No. Aquí estarás mejor.
—¿Y Mara?
Silencio.
Después:
—Ella entiende.
Sonreí mientras cerraba una caja.
Sí.
Finalmente entendía.
Faltaban tres días.
Entregué mis llaves.
Cancelé mis tarjetas.
Cerré mi antigua cuenta.
Doné casi toda mi ropa.
Daniel preguntó:
—¿Por qué estás ordenando tanto?
—Quiero dejar la casa limpia.
—Siempre estás limpiando.
No volvió a preguntar.
Faltaban dos días.
Vivian encontró una carpeta con mis antiguas publicaciones científicas.
—¿Tú