—Una niña y un niño —repitió.
Yo sonreí.
—Parece que nuestro matrimonio de conveniencia se está complicando.
Él me miró con ternura.
—Es la mejor complicación de mi vida.
Mi padre intentó visitarme varias veces.
No lo permití.
No porque quisiera castigarlo.
Sino porque ya no estaba dispuesta a aceptar disculpas que no vinieran acompañadas de responsabilidad.
Finalmente me envió una carta.
Reconocía su silencio, su cobardía y el dinero que había aceptado.
No intentaba justificarse.
Había colaborado con los investigadores y devuelto cuanto había podido recuperar.
Leí la carta