una sola vez.
Después la guardé en un cajón.
Adrian me preguntó si quería responder.
—Todavía no —dije.
—No tienes ninguna obligación.
—Lo sé.
Miré por la ventana.
Durante años había deseado escuchar a mi padre defenderme.
Ahora comprendía que su arrepentimiento no podía devolverme mi juventud ni borrar las humillaciones.
Quizá algún día podríamos mantener una conversación honesta.
Pero perdonarlo, si alguna vez decidía hacerlo, no significaba permitirle entrar otra vez en mi vida como si nada hubiera ocurrido.
Con Sophie fui todavía más clara.
Había colaborado con la