mano y la carta en la otra, y empecé a pedirle perdón antes de que pudiera decir una palabra. Su rostro se descompuso, pero no de enojo: era alivio. Me abrazó en el porche y nos quedamos así mucho tiempo, mientras el sol bajaba detrás de los árboles del jardín.
Esa noche entendí que el duelo vuelve desconfiado al corazón. Había escuchado a través del miedo en lugar de escuchar a través del cariño.