dólares.
Cuando papá abrió la caja del reloj, sonrió como un niño.
Se lo puso inmediatamente.
“Este sí sabe lo que me gusta”, dijo, mostrando la muñeca a nuestros tíos.
Después abrió mi regalo.
Sacó al rey.
Lo giró entre sus dedos.
“Vaya, cuánto trabajo.”
Lo volvió a guardar.
Cerró la caja.
Y preguntó:
“¿Quién quiere otra cerveza?”
Me quedé parado junto a la mesa intentando sonreír.
Durante el resto de la noche vi cómo enseñaba el reloj de Adrián a cualquiera que se acercaba. Mi juego de ajedrez quedó