minutos de desaparecer para siempre.
Entonces miré hacia la cocina.
Papá estaba sentado tomando café.
En su muñeca brillaba el reloj de Adrián.
Ni siquiera me vio.
Guardé el ajedrez en mi camioneta.
No entré por mi chamarra.
No reclamé.
No lloré.
Simplemente conduje hasta mi departamento.
Y desde ese día dejé de volver a casa.
Pasaron semanas.
Mamá me invitaba a cenar los domingos y yo decía que tenía trabajo.
Adrián me llamó una vez.
“¿Todo bien?”
“Sí.”
“Bueno. No desaparezcas.”
Eso fue todo.
Papá no llamó.
Ni una