La mantenía confundida para controlar sus cuentas y hacerla firmar.
De regreso en el cuarto de herramientas, Arturo levantó una vieja tabla del piso.
Años atrás había escondido allí una caja metálica con documentos y un teléfono de emergencia.
Para su sorpresa, seguía en su sitio.
Marcó un número.
—¿Bueno?
—Miguel.
Silencio.
—Habla Arturo Mendoza.
La respiración del otro hombre se detuvo.
—Eso no tiene gracia.
—Código Halcón Siete.
Otro silencio.
Después, una voz quebrada.
—Arturo… nosotros te enterramos.
—Enterraron un expediente. Yo sigo vivo.
Miguel Salgado había sido su