acercó a Daniel sintiendo dolor de espalda.
— ¿Podría prestarme mil pesos para medicinas?
Daniel se rio.
—¿Quieres dinero?
Extendió un zapato italiano cubierto de lodo.
—Límpialo.
Arturo permaneció inmóvil.
—¿Qué?
—De rodillas.
Arturo descendió lentamente.
Mientras limpiaba el zapato con un trapo, colocó discretamente un pequeño transmisor en el borde interior de una mesa cercana donde Daniel acostumbraba dejar su teléfono durante sus llamadas.
Diez minutos después de escuchar desde el cuarto de herramientas:
—Don Rubén, el viernes tendrá la casa.
Pausa.
—Mi madre va a firmar. Está tan medicada