Diez años después de desaparecer, regresó a casa y vi a mi esposa arrodillada, limpiando el piso mientras mi hijo la trataba como a una criada. Él me apuntó con una pistola: “Aquí no tienes nada, vete”. Bajé las manos y me marché sin discutir, pero llevaba conmigo una grabación, un contrato millonario y una verdad que podía dejarlo sin casa ni libertad.

Arturo había sobrevivido lejos de su nombre, de su familia y de cualquier posibilidad de volver.

Ahora estaba en Ciudad de México, empapado por una lluvia de octubre, frente a la residencia de Lomas de Chapultepec que recordaba llena de bugambilias, música de piano y el olor del café que preparaba Elena cada mañana.

Pero aquella casa ya no parecía su casa.

Había luces moradas, música electrónica, autos de lujo y un enorme retrato de su hijo Daniel posando en un yate.

Entonces la vio.

Una mujer delgada estaba arrodillada