Arturo había sobrevivido lejos de su nombre, de su familia y de cualquier posibilidad de volver.
Ahora estaba en Ciudad de México, empapado por una lluvia de octubre, frente a la residencia de Lomas de Chapultepec que recordaba llena de bugambilias, música de piano y el olor del café que preparaba Elena cada mañana.
Pero aquella casa ya no parecía su casa.
Había luces moradas, música electrónica, autos de lujo y un enorme retrato de su hijo Daniel posando en un yate.
Entonces la vio.
Una mujer delgada estaba arrodillada