en el piso de mármol, frotando una mancha de vino con un cepillo de dientes.
Arturo reconoció primero sus manos.
El dedo meñique izquierdo ligeramente curvado.
—Elena… —susurró.
Ella levantó la cabeza, asustada.
Tenía sesenta y ocho años, pero parecía mucho mayor. Llevaba un uniforme gris deslavado, el cabello mal cortado y un moretón amarillento cerca de la sien.
—Perdón, señor —dijo con voz temblorosa—. No le diga a Daniel que todavía no termina. Me va a quitar la comida.
Arturo sintió que algo se rompía dentro de él.
—¿Quién