día volverás a llamarme hijo”.
Arturo permaneció largo rato mirando aquella línea.
Esa noche respondió.
No prometí perdón.
No ofreció dinero.
Escribió únicamente:
“Eres mi hijo, y por eso me duele lo que hiciste. Ser tu padre no significa impedir que pagues las consecuencias. Si algún día sales de ahí convertido en un hombre capaz de mirar de frente el daño que causó, podremos hablar”.
Nunca supo si aquella respuesta aliviaría a Daniel.
Pero por primera vez entendió que justicia y venganza no eran lo mismo.
Vendieron la casa de