a la residencia de Lomas de Chapultepec que recordaba llena de bugambilias, música de piano y el olor del café que preparaba Elena cada mañana.
Pero aquella casa ya no parecía su casa.
Había luces moradas, música electrónica, autos de lujo y un enorme retrato de su hijo Daniel posando en un yate.
Entonces la vio.
Una mujer delgada estaba arrodillada en el piso de mármol, frotando una mancha de vino con un cepillo de dientes.
Arturo reconoció primero sus manos.
El dedo meñique izquierdo ligeramente curvado.
—Elena… —susurró.
Ella