—¿Qué?
—De rodillas.
Arturo descendió lentamente.
Mientras limpiaba el zapato con un trapo, colocó discretamente un pequeño transmisor en el borde interior de una mesa cercana donde Daniel acostumbraba dejar su teléfono durante sus llamadas.
Diez minutos después de escuchar desde el cuarto de herramientas:
—Don Rubén, el viernes tendrá la casa.
Pausa.
—Mi madre va a firmar. Está tan medicada que ni siquiera sabe en qué mes vivimos.
Arturo cerró los ojos.
Daniel continuó:
—Después la metemos en una residencia barata. Y al viejo que apareció… no se preocupe.