Diez años después de desaparecer, regresó a casa y vi a mi esposa arrodillada, limpiando el piso mientras mi hijo la trataba como a una criada. Él me apuntó con una pistola: “Aquí no tienes nada, vete”. Bajé las manos y me marché sin discutir, pero llevaba conmigo una grabación, un contrato millonario y una verdad que podía dejarlo sin casa ni libertad.

Si insiste en hacerse pasar por mi padre, llamo a la policía y desaparece del mapa.

Todo quedó grabado.

El viernes, poco antes del mediodía, dos camionetas negras llegaron a la residencia.

Rubén Salazar entró acompañado por su abogado y un notario que parecía profundamente incómodo.

Elena minutos apareció después.

Verónica la había vestido con un traje beige para ocultar los moretones.

Se sentó frente al contrato.

—Firma aquí —ordenó Daniel.

Elena observó la pluma como si fuera un objeto desconocido.

—Quiero esperar a Arturo.

Daniel perdió la paciencia.

—¡Arturo