para otro —respondió Miguel Salgado entrando en el salón—. Llevamos cuarenta y ocho horas trabajando con una fiscalía especializada y con autoridades financieras.
Arturo se acercó a Elena.
Ella tenía la mirada perdida.
—Lena.
Era el apodo que sólo él utilizaba.
La mujer levantó lentamente los ojos.
Algo pareció moverse detrás de aquella niebla.
—¿Arturo?
Daniel golpeó la mesa.
—¡Está confundida! ¡Ella llama a Arturo a cualquiera!
Arturo no apartó la mirada de su esposa.
—Veracruz, 1998. Llovió durante nuestra luna de miel y tú te enojaste porque olvidé las