Diez años después de desaparecer, regresó a casa y vi a mi esposa arrodillada, limpiando el piso mientras mi hijo la trataba como a una criada. Él me apuntó con una pistola: “Aquí no tienes nada, vete”. Bajé las manos y me marché sin discutir, pero llevaba conmigo una grabación, un contrato millonario y una verdad que podía dejarlo sin casa ni libertad.

El rostro de Verónica cambió.

Rubén Salazar se levantó lentamente.

—Yo no quiero problemas familiares.

—Entonces siéntese —respondió Arturo—. Porque esto dejó de ser un problema familiar hace mucho tiempo.

Sacó sus documentos de identificación, certificados y una resolución emitida aquella misma mañana.

El notario tomó los papeles.

Leyó en silencio.

Después miré a Daniel.

—Señor Mendoza… la declaración de fallecimiento de su padre está suspendida provisionalmente. Su identidad ya fue verificada.

Daniel abrió la boca.

—Eso no puede pasar de un día para otro.

—No pasó de un día