—¿Cómo sabe mi nombre?
Él tragó saliva.
—Alguien me habló mucho de usted.
Elena sonrió con tristeza.
—Mi esposo también tenía ojos bondadosos. Se llamaba Arturo. Me prometió que volvería.
Arturo apretó los dientes para no llorar.
A la mañana siguiente observará desde una ventana cómo Elena servía el desayuno.
Una cuchara cayó al piso.
Verónica ni siquiera levantó la voz.
Simplemente puso el tacón sobre la mano de su suegra y presionó.
Elena ahogó un gemido.
Daniel continuó mirando su teléfono como si nada ocurriera.
Arturo estuvo a punto