Diez años después de desaparecer, regresó a casa y vi a mi esposa arrodillada, limpiando el piso mientras mi hijo la trataba como a una criada. Él me apuntó con una pistola: “Aquí no tienes nada, vete”. Bajé las manos y me marché sin discutir, pero llevaba conmigo una grabación, un contrato millonario y una verdad que podía dejarlo sin casa ni libertad.

Daniel cerró la puerta.

—Sáquenlo.

Elena observaba desde el piso.

De pronto murmuró:

—Tiene los ojos de Arturo…

Daniel se volvió hacia ella con furia.

—¡Cállate!

Arturo levantó las manos.

—No quiero problemas. Sólo necesito pasar la noche bajo el techo. Afuera está cayendo un diluvio.

Daniel sonrió con desprecio.

—Puedes dormir en el cuarto de herramientas. Mañana te largo.

Aquella noche, Elena apareció allí escondiendo medio bolillo dentro de una servilleta.

—Comeselo rápido —susurró—. Verónica cuenta el pan.

Arturo recibió un pequeño pedazo.

—Gracias, Elena.

Ella lo miró fijamente.