herramientas.
Entré sin hacer ruido.
Elena tocaba con los ojos cerrados.
Sus manos seguían mostrando las marcas de aquellos años, pero ya no temblaban.
Cuando terminó, Arturo aplaudió.
Ella se volvió.
— ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Lo suficiente.
—¿Y las mandarinas?
Arturo cerró la cocina.
Sobre la mesa había una bolsa llena.
Elena Inclinó.
—Bien. Por fin aprendiste a no llegar tarde.
Arturo se acercó y la besó en la frente.
Había pasado gran parte de su vida creyendo que proteger a una familia significaba mantener lejos a los enemigos.
Tardó