centro de la ciudad.
Cuando me vio, se levantó tan deprisa que su silla chirrió contra el suelo. Parecía mayor que en la fotografía, con el cabello gris y los ojos cansados.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
Entonces susurró:
—Tienes los ojos de tu madre.
Sonreí nerviosamente.
—Y, por lo visto, tengo tu nariz.
Se rio entre lágrimas.
Pasamos tres horas juntos hablando. Me enseñó fotografías, me contó historias de mi infancia que mi madre ya no recordaba y respondió a todas las preguntas que le