recibió una llamada inesperada.
Era Victoria.
—Hija, tenemos que hablar.
La voz había cambiado.
Ya no sonaba segura.
Sonaba nerviosa.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que escuchaste.
Mariana se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabes que escuché algo?
Silencio.
Demasiado largo.
Entonces entendió.
—¿Héctor te dijo?
Victoria suspiró.
—Solo quiere proteger lo que construyó.
Mariana cerró los ojos.
—¿Lo que construyó?
Repitió.
—Mi padre dejó ese dinero para mí.
—Tu esposo tiene derecho como cabeza de familia.
Mariana sonrió con tristeza.
Incluso ahora.
Incluso descubierta.
Seguía creyendo que ella no tenía derecho sobre