su propia vida.
—Gracias, mamá.
—¿Por qué?
—Porque acabas de confirmar que estabas involucrada.
Colgó.
Dos días después, Héctor llegó a casa con una carpeta.
Pero esta vez no venía sonriendo.
—¿Qué hiciste?
Mariana estaba sentada en la sala.
Tranquila.
—Nada.
—No mientas.
Arrojó el teléfono sobre la mesa.
Había un correo abierto.
Una notificación bancaria.
Una orden preventiva.
Sus cuentas estaban bajo revisión.
—¿Me denunciaste?
Mariana lo miró.
—No.
Pausa.
—Te defendí de mí misma.
Él frunció el ceño.
No entendió.
Entonces Laura entró por la puerta.
Con dos