los ojos de mi suegra.
Aquella noche le entregué a Diana la carpeta sin firmar.
A las once y diecisiete me llamó.
—Vera, Eugenio ha localizado tres sociedades a tu nombre. Necesitamos hablar mañana, lejos de tu casa.
—¿Qué ocurre?
Mi hermana tardó demasiado en responder.
—Lo que hemos encontrado es muy grave. Y hay algo peor.
—¿Qué?
—Marcos y Alicia llevan meses preparando documentos para responsabilizarte a ti si Hacienda descubre las operaciones.
Entonces escuché una segunda voz al otro lado del teléfono.
Era Eugenio.
Y sus palabras hicieron