imaginado.
Reconocí el nombre de una urbanización que yo misma había diseñado. Según aquellos papeles, Construinversión había suministrado materiales y equipos por casi dos millones de euros.
Pero recordaba perfectamente las obras.
Había visitado el terreno cuarenta veces, discutido con los ingenieros, revisado los presupuestos y aprobado personalmente los cambios de ejecución.
Aquella empresa jamás había intervenido allí.
A media mañana conseguí reunirme con Diana y Eugenio en una cafetería de un centro comercial, lejos de los lugares que frecuentaba la familia de mi marido.
Eugenio tendría unos cuarenta años.