El día que mi suegra me dejó sin dinero para el inhalador de mi hijo, mi marido me dijo: “Firma lo que te piden y no habrá problemas”. Fingí creerle y llamé a mi hermana. Dos días después, en plena fiesta familiar, llevaba un collar de esmeraldas carísimo mientras esperaba que alguien descubriera lo que mi suegra escondía detrás de una pared.

imaginado.

Reconocí el nombre de una urbanización que yo misma había diseñado. Según aquellos papeles, Construinversión había suministrado materiales y equipos por casi dos millones de euros.

Pero recordaba perfectamente las obras.

Había visitado el terreno cuarenta veces, discutido con los ingenieros, revisado los presupuestos y aprobado personalmente los cambios de ejecución.

Aquella empresa jamás había intervenido allí.

A media mañana conseguí reunirme con Diana y Eugenio en una cafetería de un centro comercial, lejos de los lugares que frecuentaba la familia de mi marido.

Eugenio tendría unos cuarenta años.