no sabías nada.
Durante unos segundos creí que mentiría.
Lo deseé con todas mis fuerzas, aunque ahora me cueste reconocerlo. Una parte de mí necesitaba escuchar una explicación absurda, cualquier cosa que me permitiera pensar que mi marido era un cobarde y no una persona capaz de destruirme deliberadamente.
Pero ni siquiera hizo el esfuerzo.
Dejó las llaves del coche sobre el capó y suspiró.
—Vera, esto es mucho más complejo de lo que puedes entender.
—Hay millones de euros circulando por empresas de las que soy responsable. ¿Qué parte