encerrada para que su madre conservara el negocio.
—¿Y Leo? —pregunté—. ¿Qué le dirías si me condenaran?
Marcos apartó la mirada.
—Los niños se adaptan. Mamá y yo nos ocuparíamos de él.
Aquella respuesta me dolió más que todas las cifras que había visto esa mañana.
—¿Y si voy a la policía y cuento todo?
Entonces sonrió.
No fue una sonrisa agradable.
—Saldrías de aquí sin un euro. Y olvídate de llevarte al niño.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—No puedes quitarme a mi hijo.
—Nosotros