podían sostener su peso. No había mantas adecuadas, solo sacos de arpillera y algunas telas viejas. El cuarto olía a humedad y a demasiados cuerpos en un espacio demasiado pequeño.
La mayor, Itzel, ahora de ocho años, ya se había levantado con la primera luz del alba y estaba ayudando a vestir a los más pequeños con una eficiencia que hablaba de una madurez forzada por la necesidad. Todos tenían esa misma mirada, esos mismos rasgos aristocráticos que Beatriz conocía tan íntimamente porque los había visto cada día durante cinco