las sobras que normalmente recibían, sino platos preparados especialmente, mantas tejidas para reemplazar los sacos de arpillera, zapatos para los pies descalzos de los más pequeños, medicina cuando alguno se enfermaba, en lugar de dejarlo sufrir
como era la norma para los esclavos. Nunca hablaba mucho durante estas visitas. Solo observaba y lentamente, casi imperceptiblemente, Itzel empezó a entender que esta mujer no era su enemiga. Que de alguna manera incomprensible la esposa legítima del hombre que la había violado repetidamente estaba intentando ayudarla.
Una noche de octubre, 3 meses