terminó, después de llenar página tras página con su testimonio visual, tenía las mejillas mojadas de lágrimas que había llorado mientras dibujaba cada memoria traumática.
Pero sus ojos brillaban con algo más que dolor. Brillaban con una esperanza cautelosa de que quizás, solo quizás, alguien finalmente la escuchara. Beatriz tomó las manos de Itzel entre las suyas, sin importarle las manchas de carboncillo que quedaron en su piel pálida. “Te prometo”, dijo con una intensidad que hizo que Itzel la creyera, “que él pagará por cada lágrima que te ha