de rigor, siendo el modelo perfecto de anfitriona refinada.
Ignacio comenzó a relajarse notablemente, bebiendo más vino del que era prudente, riendo ruidosamente ante los chistes de sus compañeros oficiales, permitiéndose creer que tal vez, solo tal vez, su pesadilla había terminado. Fue precisamente cuando sirvieron el postre, un elaborado flan de vainilla con caramelo importado, que Beatriz dio la señal que había ensayado meticulosamente con Itzel.
Las puertas dobles del comedor se abrieron lentamente, dramáticamente, y un silencio expectante cayó sobre la habitación mientras todos volteaban a ver qué