de peligro y a mantener un control riguroso sobre su entorno.
Su autoridad no dependía únicamente del miedo que inspiraba.
También dependía de su capacidad para recordar, anticiparse y tomar decisiones.
Pero desde el atentado había comenzado a perder parte de aquella seguridad.
Algunos días despertaba sintiéndose perfectamente capaz de ocuparse de sus asuntos.
Otros necesitaban retirarse, cerrar los ojos y soportar el dolor hasta que disminuya.
Había aprendido a vivir con la incertidumbre.
Aunque jamás habría admitido ante sus hombres cuánto le preocupaba.
La explosión había ocurrido tres años