nerviosos.
Llevaban tanto tiempo dentro de la empresa de mi familia que habían llegado a creer que aquel espacio les pertenecía.
Arthur estaba de pie a mi lado.
Leonard esperaba un poco más atrás.
Puse la mano sobre la puerta de roble.
Y la abrí de un empujón.
Las risas cesaron.
Todos volvieron la mirada hacia mí.
Catherine fue la primera en verme. En su rostro apareció la sorpresa, luego la irritación y, finalmente, esa sonrisa tan suya que empleaba cuando quería insultar a alguien fingiendo amabilidad.
—Eleanor —dijo—, ¿qué