había estado dentro de mi hijo.
Yo tenía cámaras suficientes para observar cada movimiento.
Y no había visto nada.
Emma sí.
No porque tuviera mejor tecnología.
Porque había esperado a que Noah hablara.
“¿Y si nunca lo hacía?”
“Entonces el medallón seguía guardado.”
“No tenías derecho.”
“No.”
Su respuesta me desarmó más que una defensa.
“No tenía derecho a decidir por ustedes.”
“Pero lo hiciste.”
“Sí.”
“¿Te arrepientes?”
Emma pensó.
“De esperar tanto, sí.”
“¿De entrar a su cuarto?”
“No.”
La miré.
“Escuché el grito desde el pasillo.”
“Tenías un