un nuevo proyecto y debía preparar una presentación.
Tenía trabajo.
Tenía amigos.
Tenía planes que me emocionaban.
Y, sobre todo, tenía una vida que ya no necesitaba justificar ante nadie.
Aquella noche en el hospital, Adrian creyó que bastaba con llamarme «cariño» para obligarme a recoger los pedazos de su traición.
Yo le respondí que sí.
Y durante mucho tiempo pensé que aquella había sido mi última mentira como esposa.
Pero ahora entendía algo diferente.
Cuando dije que lo cuidaría, todavía no sabía a quién necesitaba cuidar de verdad.
La