Por un rasguño en el brazo de su antiguo amor, mi marido me atacó estando embarazada de gemelos; tres días después, una grabadora reveló quién había preparado toda la escena

tardé demasiado en pedir ayuda.

Eso me perseguirá.

No te pido perdón.”

La carta terminaba:

“Solo quiero que sepas que la sonrisa que viste no era porque supiera que estabas embarazada. No lo sabía. Sonreí porque creí que había ganado. Ésa es una verdad suficientemente vergonzosa.”

La doblé.

Clara me preguntó:

—¿Qué siente?

—Asco.

—¿Algo más?

—Alivio.

—¿Por qué?

—Porque no estaba loca.

Después:

—Y porque no necesito inventarla peor.

Eso era importante.

Me recuperé físicamente durante casi un año.

La cicatriz quedó.

No enorme como en películas.

Pero visible.