después otra.
“He estado trabajando en un programa de intervención para hombres que ejercieron violencia. No como portavoz. Como participante.”
No respondí.
Otra:
“Entiendo que decirte esto puede parecer una solicitud de reconocimiento. No lo es. No volveré a escribir salvo que tú lo autorices.”
Y dejó de escribir.
Eso fue más significativo que cien rodillas.
A los cuarenta y siete decidí responder.
No por nostalgia.
Porque quería cerrar una pregunta.
“Puedes enviar una carta al año. No visitas. No llamadas.”
Eso hicimos durante algunos años.
Sus cartas no hablaban